Corazón-De-Piedra sacó ambas pistolas y fue avanzando, apuntando a todo lo que se movía. Piedad avanzó con poco cuidado, esquivando los manotazos; en tanto que Ojo-De-Moneda observando a los cambiantes, descubrió a uno de ellos que lo miraba fijamente.
Piedad llegó hasta donde Pequeña-Cachorra y Sarna-Antigua.
La violencia ya involucraba a cuatro de los reos y cuando el frío Corazón-De-Piedra observó a Ojo-De-Moneda, descubrió que un hombre rata y otro con forma humanoide estaban tratando de activar el ascensor, sin resultados. El humanoide poseía una piel verde, casi con escamas y miraba fijamente a Ojo-De-Moneda.
El zombie con las dos pistolas apuntó cuidadosamente y dejó ciego al hombre serpiente. Y mientras Ojo-De-Moneda despertaba de su hipnosis, el hombre rata seguía intentando activar el ascensor.
Si bien era notoria la falta de carnes en todos los reos, más notoria era la fuerza que aun mostraban. La fuerza, la rapidez y tenacidad en destruir a sus compañeros hicieron mucho más difícil el recorrido para Piedad y Corazón-De-Piedra. La niña estaba profundamente dormida, tan profundamente, que ni siquiera oyó la gran batalla en la que estaban inmersos casi todos los reos. Pero uno de ellos los observaba fijamente. Casi con curiosidad. Un gigantesco tigre los miraba.
Un tanto nerviosos, ya sea por la pelea que amenazaba con arrastrarlos hasta el medio de ella, ya sea por la cruda pelea de la serpiente gigantesca que amenazaba con engullir por completo a Ojo-De-Moneda, ya sea porque tuvieran que pasar por al lado del gigantesco gato, tanto Piedad como Corazón-De-Piedra cuidaron fervientemente del estado del lobo y de la niña. El lobo estaba delicado, estaba bastante mal herido y tenía una fractura expuesta en pata posterior izquierda.
Finalmente una luz se hizo. Era el gigantesco tigre, que una vez alejada la turbe iracunda, les abrió camino saltando sobre la serpiente. El grito de desesperación de la serpiente, ciega y siendo masticada por el gigantesco felino, despertó a la niña, que sin entender demasiado, comenzó a brillar. Arcos eléctricos se desprendieron de su cuerpo y tal fue la magnitud de éstos, que habiendo estado Piedad viva, hubiera muerto tres veces.
Pero Pequeña-Cachorra había visto lo que ninguno de los demás había percibido, y había reaccionado instintivamente. Más tarde no recordaría nada: éste sería su primer cambio. Lo que ella había visto y lo que
Veloz como el viento, la pequeña loba llegó hasta el ascensor y las puertas se cerraron. Gritos desgarradores fueron escuchados. Hasta la gran pelea se detuvo. Un gran silencio se produjo.
Una gran cantidad de sangre salió por la parte inferior de las puertas. El hombre tigre presionó el botón de llamado del ascensor y las puertas se abrieron. Del hombre rata sólo quedaba una mano y una pierna. En el fondo, la pequeña loba en forma guerrera, dormía con la boca y garras ensangrentadas.
Todos concordaron que en agradecimiento por la liberación, saldrían primero aquellos extraños, aberraciones de Gaia. El desconcierto que estas criaturas, ajenas al ciclo de la vida, generaron en los prisioneros al liberarlos es algo que pasarán décadas en olvidarse. Se convertirán en mitos, pero se perderán con el tiempo... cuando ya no haya voces que decidan contarlas ni mentes que puedan recordarlas.
A pesar de la aberración misma de su existencia, los cambiantes aceptaron el regalo ofrecido. A veces, cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía. Es cierto. Pero a caballo regalado, no se le miran los dientes.
Al llegar a la tribu, todos los recibieron con gritos de júbilo. Fueron recibidos con honores y ceremonias. Pero a pesar de lo maltrechos que estaban, del cansancio de sus almas, se sentían completos, aun Ojo-De-Moneda, al haber quitado de las manos de la corrupción a una criatura tan inocente.
Explicaron que no todos habían decidido partir que todavía había gente dentro. Incluso se ofrecieron para volver, pero no les fue concedido. Sarna-Antigua, una vez recuperado y con forma humana, les instruyó para que traspasaran su conocimiento a la manada de cachorros que se adentrarían nuevamente en el laboratorio del horror.
Finalmente recibieron de buena gana el rito del descanso eterno. Y sus nombres fueron grabados en la madera del milenario tótem, como fieles guías y protectores.
De todos los cambiantes lobo, sólo uno faltaba. Aquel cuya misión aun no había terminado.
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