Capítulo 6
Regresaron a las oficinas. No encontraron nada, todo estaba en orden. Recordaron el ascensor cuando éste volvió a hacer sonar su pequeña musiquilla.
Se escondieron rápido y mantuvieron el silencio. Nuevamente, otra criatura apareció. Era la misma que la anterior. Pero sus movimientos eran más cuidados, estaba más alerta. Y mientras ésta revisaba una de las oficinas, los muertos vivientes avanzaron hasta el ascensor. No había espacio suficiente para los tres y la criatura, pero como ella era baja, hicieron presión abriéndose de piernas para no tocarla.
La criatura volvió al rato. Las puertas se cerraron y la bestia presionó una pequeña palanca disimulada en la pared. El ascensor comenzó a moverse, y a todos les costó mantenerse en esa, bastante ridícula, posición.
Al bajar al primer subsuelo, la criatura salió y apresuró su paso. Dobló en el primer pasillo y desapareció. Es decir, se movió rápidamente ignorando a sus perseguidores, cuya velocidad máxima a fuerza de concentrarse para hacer reaccionar los músculos de sus piernas no llegaría nunca a tomar una buena velocidad.
Sobre sus cabezas, en el pasillo, un gran caño se extendía. Siguiéndolo, entraron a una pequeña fábrica de alimento para mascotas. No encontraron nada allí, así que lo siguieron hasta tres divisiones que cada una se dirigía a distintas habitaciones. En la primera, el gigantesco caño caía a una máquina que embolsaba alimento para perros. En la segunda, caía a una máquina, pero en vez de alimento para perros, ésta eran bolsas para alimento gatuno. Y finalmente en la tercera habitación, se embotellaba lo mismo que venía del caño en latas cuya leyenda indicaba: "Veneno para ratas. Precaución, mantener fuera del alcance de los niños".
Revisaron las otras habitaciones, pero la única respuesta evidente para la aparente desaparición de la criatura era alguna trampa secreta en el vestuario de los empleados.
Sin ahondar demasiado, regresaron al ascensor. Lo revisaron con cuidado y notaron que, escondidas, eran dos las palancas para que manejaran las criaturas. En el panel, el botón gigante rojo, en realidad abría un nuevo panel, donde había que colocar la palma de la mano.
Luego de un tiempo, decidieron presionar las tan bien ocultas palanquillas del piso. Volvieron a presionar la palanca que había presionado la criatura, y bajaron un piso más.
El piso era blanco. Todo era blanco. Y en cada una de esas habitaciones, si bien vacías de personas, todo indicaba que era una especie de consultorio médico. Al revisarla, y sin poder evitar encontrarse con otra de esas criaturas, la teoría del silencio fue deshechada: las conversaciones, lejos de ser medidas, prácticamente recorrían los pasillos a diestra y siniestra para alcanzar los oídos buscados. Y sin embargo, la criatura pasó sin prestar demasiada atención.
Tenían que seguir investigando. Se preguntaron cuantos pisos más podrían bajar. Fueron hasta el ascensor. Presionaron 1, luego 0, en la pantalla apareció el 10, volvieron a presionar el 0, apareció 100, volvieron a presionar 0, y la pantalla quedó clavada en el 999.
Se miraron. Y presionaron la palanca una vez más.
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Él los observó entrar a las oficinas. Bajó del árbol y cruzó el portón. Los ronquidos del guardia ya no se escuchaban, trató de volver a cruzar. Demasiado tarde. El guardia tuvo la mala suerte de encontrarlo.
Luego de eliminarlo, se prometió a sí mismo no confiar tan ciegamente en las capacidades de sus *levantados*. Tenía que encontrarlo. Sabía que él estaría por allí. Tenía que encontrarlo, y si estaba demasiado *hablador*, lo eliminaría. Después haría sus paces con Gaia. Pero era necesario.
miércoles, 18 de julio de 2007
Los Siete Sellos - Capítulo 6
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