
Y de repente, sos un Señor. Sin bastón y sin galera, en bermudas y chancletas.
Señor por el título y no la vocación. Señor por arrugas y no por honor.
Señor, el título de la edad que nos llama y nos abandona.
Cuando todavía rozamos los dedos de la inocencia, resbala y cae.
Cuando todavía somos huérfanos de juventud, e infantes de la realidad, navegando entre los sueños y naufragando en las incertidumbres del mundo actual.