Yo guardo cartas que seguro ya no significan nada para quien las mandó. Pero me niego a tirarlas.
Son recuerdo tangible de la felicidad que representaba para mi esperar al cartero con esa emoción retenida en el estómago y devorarme cada una de las líneas imaginando si la otra persona sentiría lo mismo con mis cartas.
Ahí están. En una cajita. Esperando no se bien qué.
Esperando que algún día vuelva a leerlas con los ojos cansados y me diga que ya no tiene sentido. Que el sentimiento ha muerto en cada una de esas letras que fueron ganas, lágrimas, esperanza y cariño.
Y que por fín las queme. Sí. No las voy a romper. Las voy a quemar.
Y se irán de mi vida como lo hicieron sus autores. Para siempre.
Rachel