miércoles, 18 de julio de 2007

Los Siete Sellos - Capítulo 4

Capítulo 4

A paso lento, Ojo-De-Moneda y Piedad cruzaron la calle.

- ¿Vieron cuántos guardias son?
- Sí, de este lado son dos. Fíjate ahí. Ese portón es una de las entradas. Y en la garita esa hay uno. Está durmiendo. El otro camina en el terreno, pero hace rato lo perdí de vista.

- ¿Y cuál es el otro lado?

- Lo revisó Piedad. El galpón llega hasta el otro lado. Cruza toda la manzana, pero por este lado es por donde entran los camiones.

- Del otro lado hay una puerta y una ventana con una persiana de metal. Va a ser imposible que nos metamos por ahí. ¿Alguien sabe qué es este galpón?

- Sí - dijo Corazón-De-Piedra - Yo vivía a unas manzanas de aquí. Este es un depósito de una distribuidora de alimentos para mascotas. Nunca supe por qué, pero mucha gente venía a este lugar. Por lo general, gente de escasos recursos.

- Sería bueno que entremos de una vez, entonces. El guardia se despertará y luego será más difícil entrar.
Ojo-De-Moneda sacó de su espalda su magnum .45.

- Déjenmelos a mí.

- NO! - exclamó Piedad, con furia contenida - Debemos tratar de no llamar la atención.

Ojo-De-Moneda le guiñó un ojo y luego de guardar su pistola, sacó un cuchillo.

Piedad y Corazón-De-Piedra se miraron.

- Entiendes que si son humanos no voy a permitirte lastimarlos, ¿no?

Ojo-De-Moneda asintió con su cabeza sin detenerse.

Piedad insistió.

- Lo entiendes, ¿cierto?, ¡¿Cierto?!

Finalmente, Corazón-De-Piedra le puso una mano a Ojo-De-Moneda en el hombro y con un gesto de cabeza de forma negativa, hizo que el otro guardara finalmente el cuchillo.

Desilusionado, giró hacia Piedad.

- Está bien, pero ante el menor problema, cada uno estará por su cuenta.

Los tres cruzaron la calle. Con cierta dificultad, pero sin hacer ruido, el paranoico zombie trepó el portón.

- Tiene un candado. Voy a buscar las llaves. - susurró.

Uno, dos, tres minutos más y el portón fue abierto. Y ante ellos se encontraba una playa, un terreno liso de tierra. Sobre el fondo del terreno, un camión con todas las luces apagadas. Dentro de él lograron ver al guardia desaparecido, durmiendo plácidamente recostado en el asiento delantero. Sin hacer demasiado ruido, llegaron hasta la puerta de la oficina. La abrieron, no tenía hechada la llave.

Dentro había una pequeña oficina, y dos pequeñas salas de espera. En el fondo, medio escondido, se hallaba un ascensor de carga. El ascensor comenzó a moverse mientras ellos revisaban la oficina. La música del ascensor al abrirse les llamó la atención a los tres.

Y es allí cuando lo vieron pasar. Al primero de ellos. Una especie de mezcla entre sapo y perro. Era completamente ciego, y tenía una boca gigantesca. Toda su piel parecía en carne viva. Tenía un caminar pesado, pero sus poderosas patas, a pesar de ser cortas, evidenciaban una gran fuerza física.

La puerta de la entrada se abrió de golpe, y el guardia del camión se asomó pistola en mano. La criatura se movió casi instantáneamente y saltó sobre él sin darle tiempo a nada. La puerta se cerró tras ellos sin permitirles a los muertos en vida ver el resultado de ese enfrentamiento, pero a juzgar por los gritos a huesos crujientes, y la falta de gritos o de disparos, el resultado era más que obvio. Tendrían que tener más cuidado.

Salieron al hall principal, tenían una opción que hacer. Fuera, la criatura estaba dándose un festín. Una criatura terrorífica. De recordar la enorme cantidad de filas de dientes les ponía la muerta piel, de gallina. La puerta del ascensor estaba abierta y quién sabe si lo estaría por mucho tiempo.


Corazón-De-Piedra no se detuvo a contemplar la escena. Sabía que hacer. Tomó una silla y trabó el ascensor. Piedad se apostó contra la puerta hacia donde se encontraba el guardia y Ojo-De-Moneda sacó su preciada Magnum. Los ojos de éste último brillaban. Por fin vería acción.

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