Abatido, vencido, desahuciado... sus largos cabellos revueltos le cubrían la cara. Una figura estaba frente a él. Parado y erguido, le llevaba una cabeza.
- Gracias - le dijo la criatura parada frente a él. Su rostro y sus facciones más predominantes quedaban ocultos entre las sombras, para realzar el efecto de ojos rojos intensos que iluminaban brevemente sus intenciones non sanctas.
- No lo hubieramos sin tí. - continuó. - Me pregunto qué sientes ahora que has condenado a tu raza y sabes que la culpa no es de otro, sino tuya. Absoluta e incuestionablemente tuya.
La figura trató de abrir la boca, pero aun cuando sus heridas no habían sanado completamente, el dolor que le pesaba en el alma era más profunda y más dolorosa que cualquier otra y le impedían mover y reaccionar.
- Lástima que no quieras hablar. Hubiese sido tu última pero, para mí, una muy interesante charla. - Levantó su mano. - Nos veremos cuando *renazcas*.
El filo del metal cruzó con furia el aire. Casi no hubo silbido alguno y no hubo ninguna queja, ningún sonido de dolor. La cabeza del demonio cayó limpiamente y mientras caía su mano largó aquel extraño fuego azul que había estado a punto de quemar al caído. La pequeña explosión iluminó todo el callejón.
Detrás del cuerpo que caía, yacía el cuerpo cano y delgado de un extraño guerrero. Un verdadero guerrero de peto y cota de mallas, en pleno siglo 21. Y a pesar del metal que portaba, no emitía sonido alguno.
Se acercó al cuerpo maltrecho del caído.
- ¿Te encuentras bien? - sus frías manos le tomaron el pulso.
- ¡Déjame inmundo! - retiró bruscamente la mano de entre las de su salvador, y entre sus cabellos revueltos, los ojos le brillaban con furia. - ¡Debería haber muerto! ¡Yo los he traído! ¡Yo! - y rompió a llorar.
El guerrero levantó la cabeza. Otros demonios estaban cerca. Y rápidamente su largo y extenso entrenamiento militar le hicieron tomar decisiones rápidas y decisivas.
- Pensaba hacerlo yo mismo. Pero ésta es tu única oportunidad. - le dio un amuleto - ¿Quieres detener la apertura? ¿Quieres detenerte a tí mismo? Esta es tu oportunidad. Puedes hacer varios viajes. No sé cuantos. Yo los retendré, no te encontrarán. La vida de toda Gaia depende de tí ahora. Vierte un poco de sangre sobre el amuleto. - el guerrero comenzó a sacar colmillos y garras - Y apúrate que no sé cuanto más podré frenar mi Hambre. - se levantó y le dio la espalda.
El caído tomó el amuleto, y como si de él obtuviera fuerzas, rápidamente se levantó y atacó a aquel que lo había salvado. Tomó la forma de un lobo gigantesco y se irguió en dos patas. Un mordisco en el estómago y la sangre comenzó a fluir abundantemente.
El amuleto, bañado de sangre, brillaba intensamente. Lo tomó. Escupió sobre aquél que había sido su salvador y comenzó a desaparecer.
- No importa que hagas, no te culpo, sólo detén esta atrocidad... - tos sanguinolenta...
Aun sin un pedazo de torax, el guerrero se levantó. Su armadura, o lo que quedaba de ella comenzó a brillar y desenfundó su mandoble espectante a los demonios que se acercaban, mientras el hombre lobo desaparecía entre volutas de una nube amarillenta.
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