Extraño lo profundo que podía mirar, el eterno fuego de la pasión que mi llanto apenas podía apagar, cómo el atardecer podía hacerme nadar en la auto compasión y entonces un recuerdo lo hacía realmente dulce.
Ya no soy así. Cambié.
Perdí el infierno que me alimentaba las venas y lo sustituí por el océano de grises en el cual ahora me ahogo. Algo perdí en el camino. Quizás algo lo haya engullido y me haya dejado huérfano de vida.
Pasé de ser un reflejo a una sombra.
Quizás yo lo devorado extrayendo su más puro jugo y deshechando la esencia de la alegría. Pasos vacíos que no llevan a ningún lado.
Y la oscuridad me envuelve y me cobija como una madre a su hijo.
Las lágrimas vuelven a rodar y me pregunto que he hecho mal. ¿En qué momento perdí la conciencia de mi ser y me volví una voluta de humo? Busco en mí, revoloteo a mi alrededor y me consumo en un instante quemando el inciencio que me genera.
Voy tomando forma, sin saber quien soy.
Y una nueva oportunidad se alza entre las ruinas de mi propio ser. De las cenizas y el dolor, de la luz pálida y la oscuridad total se abren nuevas puertas. Un nuevo destello y otra parte de mi se consume para subsistir.
Una masa inerte yace en el suelo, esperándome.
Lo comprendo, debo consumir lo que yo era. Aprender de mis errores. Renacer.
Y mientras tomo posesión de mi nuevo cuerpo, sin arrastrar mis viejas cargas, una sombra tapa momentáneamente la luna. La nueva vida me espera, creciente, absoluta, virgen de mí mismo. Aunque sé que soy yo mismo.
Un grito de un ave gigante se escucha sobre mí, en el cielo estrellado.
Miro atrás. No soy lo que era. Crecí. Aprendí. La nueva vida trae luz y día. Miro al cielo y observo la gigante ave que ahora vuela bajo nubes blancas y ella me observa.
Y el fénix extiende sus alas y se aleja de mi vida una vez más.
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