Voy girando tratando de parar el mundo.
El miedo de lo viejo acomete contra mi alma una vez más.
El sueño de lo inalcanzable se vuelve una pesadilla.
Voy rodando hacia la oscuridad del abismo.
Levanto la vista del suelo y veo que camino sobre mis propios pasos.
El eterno camino que nunca he de dejar jamás.
Voy cayendo irrefrenablemente, arrastrado por mi propia sombra.
No hay caminos que vea: mis ojos están cerrados por el temor de volverla a ver.
Y ante su presencia, el infierno se ofrece cual mañana primaveral.
Ahogo mi instinto de correr en un intento de mantener la cordura.
Y termina, el momento termina.
Y mis pies vuelven a tocar tierra; y mis manos dejan de aferrarse a un mentiroso anhelo.
El mundo gira y va reforzando mi locura insensata de besarla sin mis propios labios.
Pasó como un fugaz suspiro, un instante desconsolado o un regalo efímero de mis noches tristes.
Y se ha ido; la dejé ir. Como tantas veces antes, como las lágrimas que le regalé en mi ayer.
Me mira una vez más en su partida, tratando de robarme a cada paso los últimos latidos que en mi corazón quedan.
Y cuando se ha ido, cuando ya sus pasos no se oyen en la vacía ciudad, todo vuelve a la normalidad.
Y deslizándose entre mis embotados pensamientos, mi voz por propia voluntad susurra al mundo, a viva voz, que la amo.
martes, 11 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario