Se presentó en el bar. Vestía pantalón de vestir negro, camisa gris y una gran sonrisa.
La buscó con la mirada entre la gente y allí la vió. Se saludaron.
Se sentó en su mesa y cruzaron breves palabras. Ella lo observaba y él, sonrojado, tímidamente le devolvía la mirada.
Ella aun podía hacerlo sentir así, a pesar del tiempo, a pesar de las distancias. El ambiente pintaba de hogar esa noche tan italiana.
Los ultimos rayos del sol estaban bajando y acariciaban a lo lejos el contorno de los viejos edificios; si uno se dejaba llevar por el paisaje, casi se podían ver sus ocultos pero presentes, guardianes pétreos.
El pasó su mano, nervioso, por su plateado cabello tratando de conseguir alguna escurridiza idea, algun comentario inteligente o quizás tratando de atrapar el coraje que, al ver su sonrisa, había huido irremediablemente.
Desarmado, había quedado desarmado, como tantas veces hace ya tiempo.
Tratando de acercarse a ella dentro de su propia mente, sus ojos profundos parecían decir "he gastado tus besos ante el espejo y, ahora que estoy frente a tí, mis ojos te ven, mi corazón te grita y mi boca ha quedado muda".
Ella sonrió comprensiva, le tomó de la mano, y se fueron caminando del lugar para reavivar viejas pasiones apaciguadas por las arenas del tiempo.
miércoles, 9 de junio de 2010
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