Estoy navegando y mis dedos rozan la realidad. Veo, me veo, siendo el despiadado hombre que ahuyenta de sí mismo a los demás. Simplemente el miedo que se extiende desde mis pies, mis piernas... desde mi corazón mismo. Miedo a ser rechazado, otra vez, miedo a no ser aceptado, a perder mi humanidad misma. Y debo protegerme. Protegerme de todo para mantenerme intacto. Debo alejar a los demás.
El tiempo, en la vida real, avanza con pasos sinuosos pero firmes. Y dolido y acongojado, si valiese tal descripción, permito que dedos naveguen por la superficie, nuevamente, de este mar de ensoñaciones.
Húmedo y ágil, el más pequeño de mis dedos me trae una nueva visión. Un miedo inherente, anciano y poderoso vuelve a levantarse... Mas no debo ya temer, porque sabiéndome partícipe de ese conocimiento he decidido una vez levantarme para esta vez luchar.
El escenario cambia.
El enemigo es fuerte y la seca arena corta mis pies. Mis sandalias resbalan con la mezcla de sangre y sudor de esta dura batalla. El gigante eleva su poderoso brazo y descarga con fuerza en la amarilla superficie. Su objetivo no soy yo, como había anticipado erroneamente, sino desestabilizarme ya que el suelo comienza a temblar. Debo encontrar fuerza en algún lado. Miro mis manos, vacías. Mi torso desnuedo y el pánico que yace en mis pies como grilletes no me permite moverme.
Y finalmente comprendo.
Siento una fuerza poderosa llenandome. Como un haz de luz proveniente de algún lugar místico. Se que es la decisión incorrecta, pero estoy convencido que es una solución temporal.
Me armo mentalmente con una armadura de seguridad. Una armadura impenetrable. Una armadura hecha de inseguridades y de sentimientos en bruto. Una armadura que me deja adentro, y a los demás, afuera.
Y el gigante ya no importa. Su brazo imponente ya no importa. Porque yo estoy dentro y el afuera.
Pero la cosa más sorprendente sucede. Encuentro la solución a la humanidad, la respuesta a todas las plegarias.el sentido de la vida misma que camina libremente en este coliseo mental proveniente de lo más profundo de mi ser.
Y descubro que la armadura pesa más ahora. Y descubro que sus piezas están ahora fundidas en mi piel. Y aún así, arranco algunas piezas. Con mucho dolor, la piel se desgarra y se que es necesario.
Y ella lo sabe y se hunde más en mí. Penetra profundo y llega a mi corazón.
Y le enseña a ser despiadado.
Y veo el sueño que tiempo atrás tuve.
Temo y tiemblo. Mis fuerzas flaquean. Me ha ganado. Una pequeña parte de mis temores me ha vencido. Y no debo permitir que la gente salga lastimada, así que la ahuyento. Pero no deseo estar más solo tampoco.
Un dilema interesante, sino fuera que lo hubiera estado viviendo.
Trazo un límite, un círculo a mi alrededor. Hasta allí llegaran los invitados a mi alma. Cruzado ese punto, serán ahuyentados. Demasiado problemático sería que sus ojos curiosos abriesen la puerta de mi verdadero ser.
El corazón de un cobarde.
El corazón de un cobarde.
Así soy: el corazón de un cobarde.
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