(Se paró. Silenciosamente sacó el metal.)
Las fuerzas que oprimían su pecho eran enormes pero aun así optó por hacerlo. (Dio dos pasos)
El agua golpeaba fuerte el acantilado, deformando las rocas en un paso lento pero constante. Algunas aves residían allí, evidentemente pequeños peces gustaban de los escondrijos entre las grietas, o quizás del coral subyacente en las poco profundas aguas. (El aire era fuerte cuando recorría todo su cuerpo en la caída. Su mano se relajó lo suficiente para dejar de caer el objeto, pero sus reflejos no lo permitieron.)
Y él ahora, de repente parado allí, observó el océano. O mar. Esa cantidad inmensa de agua que se extendía desde muy por debajo de su cuerpo hasta donde alcanzaba su vista. (Subió su vista un momento, sólo para ver reflejado el sol en el agua. Luego miró su mano y vio su reflejo en pulido metal.)
Elevó al dios del destino una súplica que hizo llorar a mil deidades. (Debería haberse arrodillado. Aun así oró las mismas oraciones que hacía ya demasiado tiempo había dejado olvidadas en algún rincón de su mente.)
Y lo impensable, sucedió. (Trató de comprender y con su vista recorrió todo lo que podía ver, pero nada descubrió.)
Primero sonó un gran estallido. Luego la tierra misma dejó escapar un suspiro. El terreno se abrió a su lado y una gran mano apareció por allí. (Si hubiera podido, hubiera retrocedido.)
Una enorme espalda salía de lo que parecía una tumba olvidada. (Al terminar de caer, se golpeó la cabeza y se desvaneció.)
Al despertar, estaba junto a un fuego. Un fuego que él no había preparado. Un fuego que él no había encendido. (Acercó las manos al fuego.)
Estaba en un refugio. Una pared se erguía a su espalda y dos extraños pilares a sus costados, como dos gigantescas raíces hechos de roca sólida. Mas no podía quejarse. El viento fresco era ajeno a ese lugar y la vista a las estrellas era insuperable. (Se recostó dispuesto a dormir, sin embargo un extraño sentimiento no se lo permitía.)
Una mirada estaba clavada en él. Estaba seguro de ello. (Caminó alrededor de esa extraña estructura y descubrió que sin haberse apartado, de lo que él pensó iba a ser su última morada, las monolíticas piedras habían aparecido de la nada. Entonces recordó los temblores... y las gigantescas manos. Se desmayó al reconocer...)
- Pequeño hombre, - dijo una voz de todos lados y ninguno - he venido. Soy aquél que estuvo y está. Soy aquél a quien has pedido ayuda. (Algunas pequeñísimas piedras que golpeaban su rostro no le permitían comprender lo que estaba sucediendo.)
- Soy el que no puede ser evitado. Soy el principio y el fin de todo. Y he venido. He venido por tí. He venido porque tu dolor no me permite conciliar el sueño. He venido porque eres mi hijo. (Retrocedió aterrado. ¡El refugio estaba hablando!)
- No temas. - dijo el gigante mientras comenzó a pararse. - Soy tu amo, tu señor y tu padre. Soy el cordero y tu la oveja. Soy la voluntad y tu el resultado. Así, pues, reconoce a tu creador. Y en una maniobra fuerte, brusca y sin embargo gentil, extendió el brazo y la mano invitándolo a sentarse. (Aun temeroso, tomó asiento. Su voz estaba seca y sus ojos bien abiertos.)
Habiéndose sentado, el gigante se arrodilló ante él y extendió sus grandes brazos manteniéndolos bien abiertos durante un gran tiempo. La roca que se asemejaba a la cabeza, parecía esbozar una sonrisa. (Levantó su rostro y finalmente, dentro de esa mole gigantesca, encontró ojos con los cuales cruzar mirada. Mas un escalosfrío le recorrió la espalda al ver que el gigante realizaba una sonrisa aun más amplia y giraba la cabeza con el fin de hacerle observar los brazos de piedra.)
En los brazos de piedra se gestaban también figuras móviles que se agitaban violentas por momentos, muy apacibles por otros. En el brazo derecho se encontraba la serpiente. Símbolo de desgracia y sigilo; símbolo de paciencia y dolor. En el brazo izquierdo se formaba una rosa, la más hermosa que él había visto hasta ese entonces, que se alimentaba de un palpitante corazón. Este era el símbolo de la paz y del ímpetu; de la impaciencia y del amor. (Observaba todo con sumo detalle, preguntándose cuanto había bebido esa noche.)
- Estás perdido. Todos los están. Una nube de incertidumbres que cubre la visión a los pocos pasos. Eres más que eso pero no lo sabes. Estás ciego a tu propia existencia. Eres un fantasma que vaga libremente por el bosque de argamasa y adobe de la ciudad. Debes aprender. Porque una vez que hagas lo has venido a hacer, no habrá vuelta atrás. Y así, he de darte la primera elección: si temes que tu casa quede en cenizas, no le prendas fuego. (Perdido y pellizcándose, no prestó atención a esas confusas palabras.)
- Mis hijos desean lo que no pueden tener. Han nacido así para tener ambición y que tengan la fuerza para que su espíritu pueda crecer. Pero tu has perdido el camino. Ya no entiendes mis enseñanzas. ¿Acaso no te di el valor acercarte? Mas tú elegiste no golpear en su puerta. Tus dedos ni siquiera rozaron el llamador. Tus brazos ni siquiera tuvieron el valor de moverse. Sólo te quedaste allí. Y nuevamente te bendije. Querías encontrarla y la puse allí. En tu camino al darte la vuelta. Mirándote. Tus ojos hablaban sobre el fuego de tu corazón. Tus labios sobre el tibio calor de tu alma. Lo sé. Estaba allí. (Un sentimiento de pánico se apoderó de él.)
- Te enseñé el camino para encontrarla. La perdiste y nuevamente actué. ¿Es que no vas a darme el reconocimiento de mis intenciones? Te permití encontrar ese relicario que tanto aprecias, te permití conservar esas pequeñas fotos que tanto atesoras, ¿y me pagas sin prestarme atención? Sin embargo lo hecho, hecho está. No puedo cambiar el pasado por un resultado que no me ha gustado. El pastor no cambia el recorrido porque una oveja no le gusta el color de la hierba que pisa. (Ligeramente se ruborizó. Realmente era El. Finalmente, allí flotando, pudo encontrarlo.)
- Dime que hubieras elegido, ahora que puedes, ahora que ya es demasiado tarde, cual hubiese sido tu elección. Una vez más pongo frente a tí a tu amada. - Y con su aliento formó a una dulce, delgada y pequeña mujer. - Dime, ¿te arrepientes de tu decisión? (Agitó nerviosamente su cabeza, en un asentimiento muy particular.)
- Elige entonces ahora. Esta era tu vida. - De su mano derecha se observó una imagen: un hombrecillo, que era él, esquivando todo tipo de enfrentamientos, le hizo recordar lo cobarde que él fue. - Esta es la vida que te ofrecí. - de su mano izquierda surgió otra imagen: él junto a una mujer, su rostro estaba desdibujado, y varios niños corrían por una pequeña pero acogedora casa a las afueras de su poblado natal. (Trató de contener el llanto, mas una pequeña lágrima hizo caso omiso de su voluntad.)
- Haz elegido esto. - Ambas palmas chocaron deshaciendo la bella figura de la mujer y las frágiles volutas de humo de disiparon rápidamente. - Eres mi hijo. Y debo enseñarte el valor de la vida. Y debo enseñarte que cada tropiezo es un escalón hacia la sabiduría. Por eso te pregunto una vez más: ¿te arrepientes de tu decisión? (Con lentitud y mucho nerviosismo asintió. Deseaba que no fuera un sueño. Deseaba no haberse arrojado del acantilado.)
- Así sea, sin embargo recuerda que no debes dudar. Te he quitado ese derecho. Debes cambiar y aprender o aquello que te he dado volverá a mi. (Nuevamente asintió.)
La roca era dura y cortante. El frío del agua le había entumecido todos los huesos. Un fuego incandecente le quemaba la frente y se llevó la mano hacia allí sólo para descubrir un fuerte dolor. (Agradeció al Justo esa nueva oportunidad y comenzó a nadar hacia la orilla.)
Una pequeña playa se extendía desde la pared del acantilado hasta una vieja escalera labrada en la misma piedra. Descansó allí. Miró al cielo y se preguntó que le deparaba la voluntad de su señor. Una gigantesca ave lo miraba desde la punta de una roca sobresaliente por sobre su cabeza, varios metros por encima de él. (Se imaginaba una vida llena de incertidumbres; de éxitos y de fracasos; de alegrías y tristezas. Se preguntó si estaría a la altura. Y por un breve instante, pensó que no estaría a la altura. Después de todo, eligió suicidarse.)
El grito del ave al tomar vuelo lo distrajo de sus pensamientos. Revigorizado por el fresco aire de mar y deseoso de ver el vuelo del gigantesco pájaro, aspiró el fresco momento y levantó la mirada esperanzado. Pero su rostro se contrajo en una mueca cuando observó como el peñasco en la cual estaba apoyada el ave ya estaba a escasos centímetros de su frente.
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