Tomo el gastado rifle.
Examino la mesa. Busco entre las cervezas y las botellas vacías, las municiones. Encuentro sólo una bala de alto calibre y un cargador a la mitad, con las puntas huecas, para mi querida pistola.
Coloco la pistola en la espalda y el frío contacto me estremece suavemente. Procedo a cubrirla con mi buzo y luego con la pesada campera de jean. Desarmo el rifle lentamente y lo guardo en el desgastado maletín cuidadosamente.
Camino despreocupadamente, o eso aparento, y me dirijo al blanco.
Ahí estoy. Parado en mitad de la vía pública. Deslumbrado por todo. Idiota. ¡Todavía cree en tantas cosas! El mundo es un mundo frío que te va royendo sin piedad, lenta y parsimoniosamente. Te carcome desde dentro. Te va pudriendo paso a paso, segundo a segundo, con cada respiración.
Mis otros yo me ignoran, pero son manejables. Paso por al lado, testeando el viento.
Me mira. Respondo la mirada con una dulce sonrisa. El idiota me responde agitándo la mano.
Estúpido! Paso a su lado, y freno la tentación de tomar el cuchillo y cortarle la garganta. No es algo agradable, pero ¡alguien debería hacerlo! Pero seré yo quien tome su lugar, y nadie más.
Sigue parado en la misma posición con esa sonrisa estúpida. El viento es propicio. Subo al departamento. Coloco el maletín sobre la mesa. De uno de los bolsiillos tomo los binoculares y me observo. Definitivamente es el indicado. Por su lado, mi yo temeroso trata de esconderse de mí mismo. Un mundo de yos. Otro que debería ser sacrificado.
Con las lentes más grandes hacia abajo, deposito los binoculares sobre la mesa. Abro el maletín, confiado que no cambiaré mi posición. Armo el rifle acariciándolo como a una vieja amante. Siento el olor a metal bañado cuidadosamente con una finísimma capa de aceite alemán para evitar la corrosión.
Tomo el proyectil y cargo el arma. Corro la ventana que da al balcón. Me recuesto sobre el suelo. Mido el aire nuevamente. Observo por la mira.
No me he movido.
Apunto cuidadosamente. Y ya sin miedo, presiono el gatillo. Pero por un instante, un breve momento, mi yo sacrificado se atravesó en el camino y sólo me volé mi pierna derecha.
Bajo rápidamente, sacando mi pistola de su escondite.
Corro.
Me paro al lado de mi yo sacrificado. El cráneo y los sesos están esparcidos por todo el pavimento y hasta, en algunos lados, el negativo de las salpicaduras dibujan a algunos de mis yo.
Mi inocencia se arrastra pero no huyendo, sino hacia mí.
Sin dudarlo, apunto a la cabeza. Ojo derecho, gatillo. Ojo izquierdo, gatillo. Pecho, vacío el resto del cargador. Ya no hay testigos en la calle, soy libre.
¡Soy libre!
¡Tengo el control!
Tengo el control...
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