jueves, 19 de julio de 2007

En los pliegues de las sombras me visto y cubro.

Es una tarde soleada, o un anochecer oscuro. Mi cuerpo tiembla y avanzo hacia lo desconocido.

Varias sonrisas se acercan a mí; cubro mi rostro. Enzarzado en alguna pelea interna les dejo ir, puesto que la validez de mi ignorancia en sus anécdotas me dejan perplejo.

Las sombras me van ganando, no puedo partir. No me dejan partir. Me acarician y me susurran deseos oscuros llenos de soledad y odio.

Un instante, y me toman de la mano. Comienzan a guiar mis manos y mis pies. El ruido ensordecedor me despierta y esquivo la masa de combustión que se dirige a mí. Cerca, estuvo cerca.

Extrañando el dulce paso de tu voz por mis oídos vuelvo a soñar. Las sombras se deleitan y se alimentan de la melancolía en bruto que les suministro. Van tomando forma, casi está completa la invocación.

Una mano que no es la mía pero es la mía toma decisiva una decisión. Observo temeroso y la delgada capa de metal se desplaza suavemente por la cárcel dérmica.

No hay dolor. No hay dolor. El dolor se esfuma junto con la sangre derramada.

Las sombras sueltan mi mano: le han enseñado ceder. Pronto, mi alma quiere evadir la cárcel carnal, la prisión de huesos y piel, pero las aberturas son pequeñas y no puede escapar... Trata de abrirse paso nuevamente...

No hay dolor.

Limpio las heridas con mi propia vestimenta. Cubro lo mejor que puedo el odio a mi mismo (por haberte perdido sin perderte) y subo nuevamente al infierno de mi soledad.

Un día más. Pronto mi alma volará libre o caerá a las fauces del eterno fuego. Pero será lo mismo: allí tampoco podré volver a encontrarte jamás...

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