Hay un niño recostado.
En una habitación gigante.
En una habitación cerrada.
Donde se escuchan sonidos.
Y el niño tiembla.
Los sonidos son voces.
Voces de la gente.
Y las voces se hacen agudas.
Y tratan de llegar al niño.
Y la habitación se hace pequeña.
Y sólo puedo abrazarme más fuerte las piernas.
Son voces acusantes.
Voces golpeadoras.
Un símbolo del pasado.
Un pasado humillante.
Y aquí estoy.
Y aquí estoy.
Esperando el golpe final.
Y el infierno juega conmigo.
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Hay un niño recostado abrazando sus piernas.
En una habitación gigante y redonda.
En una habitación cerrada y sin puerta.
Donde se escuchan grandes y atemorizantes sonidos.
Y el niño tiembla de miedo.
Los sonidos son voces que regañan.
Voces de la gente querida y de uno mismo.
Y las voces se hacen agudas como agujas.
Y tratan de llegar al niño para hacerle daño.
Y la habitación se hace pequeña, cuando se llena de temor.
Y sólo puedo abrazarme más fuerte las piernas y cerrar los ojos para no sentir el dolor.
Son voces acusantes que llegan al alma.
Voces golpeadoras que desgarran la piel.
Un símbolo del pasado que vuelve y no queda atrás.
Un pasado humillante que clama justicia, y sólo quiere sangre.
Y aquí estoy, desnudo.
Y aquí estoy, desahuciado.
Esperando el golpe final, que no ha de llegar.
Y el infierno juega conmigo, y tiene todas las cartas marcadas...
jueves, 19 de julio de 2007
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