Soy pero no soy. Estoy pero no estoy. Me debato una y otra vez entre las tinieblas y la oscuridad.
Mi presa vaga sola, en un inmenso mundo de concreto. Bosque moderno, igual deporte.
La veo con un caminar sinuoso y dudo de la Gran Caza. ¿Por qué, me pregunto yo, me han asignado esta presa?
Aun invisible revoloteo sobre su cabeza, un pequeño torbellino gira revoloteando sus largos, negros cabellos.
Mi poderosa vista se extiende a lo lejano, mi excepcional oído, aún entre los míos, detecta que no hay ninguna amenaza evidente.
Esta noche correrá sangre.
Aterrizo y me paro frente a la víctima. La tierra tiembla ligeramente y mi presa se detiene, insegura. Si algo me ha enseñado tantos años de combate, es que una buena aparición disminuye la cantidad de persecuciones innecesarias. Así que lentamente y atraveasndo la barrera de la realidad, me voy haciendo visible de forma gradual. Primero mi Segadora, despues mis piernas y el resto.
Humanos. Cazar humanos. Pequeños gusanos que no comprenden ni siquiera el papel que juegan en el plano místico. Y yo, el máximo cazador, recaudar limosna... un alma más, un alma menos... debería cazar Celestiales!
El acero negro de la hoja brilla ansiosa. Una vez más quiere probar la sangre corpórea y desgarrar el alma.
Levanto la hoz y ella retrocede.
La odio.
La odio por tener el alma tan pura.
Levanto la gigantesca hoz y la descargo con todas mis fuerzas...
...
Una luz me ciega. No puedo ver.
El cadáver de la muchacha yace ante mis pies, inmovil y seco. Su sangre completamente drenada. Y por encima de él, una luz muy brillante flota tranquila.
Más brillante que todas las almas que he visto, me deja perplejo. Extiendo dubitativamente mi mano para tomarla. La encierro en mi puño. Y la elimino por completo.
Una oleada de emociones me embarga. Siento la pena de mi víctima, pero no el miedo. No tiene miedo. Siente pena, pena por mí. ¡Por mí! Por ser un peón, por no tener voluntad, por ser víctima de las circunstancias.
Siento un regalo, su regalo. Me quema el alma y el corazón. Mi mente se libera y realmente, puedo pensar.
Antes del completo final, unas pequeñas chispas se escapan de mi puño y no puedo evitar arrepentimiento... ¡¿qué he hecho?!
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